La respuesta está en el consumidor

La respuesta está en el consumidor

Entre 1999 y 2010, la relación entre el peso del envase y el peso del producto, conocida en la industria por el indicador Kr/Kp, se redujo en un 11,7 por ciento. La mejora tecnológica y la innovación permitieron a los productores y envasadores ahorrar 56.000 toneladas de materia prima para envases entre los años 2009 y 2010. 

Envases cada vez más ligeros pero igual de resistentes en el proceso de transporte y distribución. Parece una buena medida al servicio del medio ambiente, pero desgraciadamente es casi la única, ya que constituye la principal herramienta para el ahorro de envases en España: contribuye en un 78% a su reducción, mientras que la minimización del impacto ambiental lo hace en un 14%, la reutilización en un 7% y la incorporación de materia prima reciclada en un 1%, según datos de la Federación Española de Industrias de la Alimentación y Bebidas (FIAB). Efectivamente la industria ha hecho un gran esfuerzo para reducir la cantidad de plástico y otros materiales en los envases de usar y tirar, así como en la recogida selectiva, pero otra cosa es la incorporación del material reciclado, y mucho menos que se reduzca la generación de basura que cada día acaba en vertederos, flotando en el mar o tirada por cualquier parte.

Según la Asociación Nacional del Envase de PET, el plástico más frecuente para botellas y otros envases, en el año 2000 en España se pusieron en el mercado 151.000 toneladas de PET, en 2010 esta cifra había aumentado a 355.000 toneladas, y en 2015 la previsión es alcanzar las 485.000 toneladas.

Es decir, mejoramos la eficiencia en un 12%, pero solo en plástico aumentamos la producción en un 235%. La razón es la proliferación de envases de un solo uso, el consumo masivo de agua embotellada y la tendencia a los envases de menor cantidad. La FIAB sostiene que esta evolución responde a los cambios sociológicos que ha experimentado España en la última década: reducción del número personas por domicilio e incorporación de la mujer al trabajo, lo que aumenta la demanda de formatos pequeños y alimentos preparados.

Se trata de argumentos indiscutibles. En un hogar de una sola persona utilizar un formato grande supone más residuo por el envase y echar a perder el contenido, dice la industria, pero ¿responden los alimentos en pequeño formato y envasados siempre a esta necesidad? Rotundamente no, la sociedad de consumo es más bien la “civilización del desperdicio”, según el término que acuñó ya en 1971 Juan Ignacio Sáenz Díez, y es urgente un cambio en los hábitos de consumo. 

La calidad del envase aporta protección sanitaria y físico-química al producto, pero también gran resistencia en el transporte y almacenamiento y un soporte para el marketing y la promoción que hace que en muchos casos - parafraseando a McLuhan-  el propio envase sea el producto, como ocurre con los envases diseñados para atraer la atención de los niños y que hacen de la fruta o el bocadillo una alternativa triste y gris. En este contexto, sólo un comportamiento crítico del consumidor a la hora de llenar el carro de la compra puede realmente influir en la reducción de envases superfluos y de su efecto sobre el calentamiento global y la contaminación, convirtiéndose en un verdadero “voto verde”, como el que realiza cuando elige su modo de transporte o tantas otras decisiones particulares con trascendencia global.


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